(Solo el Paisaje Cambia)

Solo el Paisaje Cambia presenta 22 historias cortas de Andrés Laszlo Sr. con personajes eternos, lanzados al azar sobre el mapa (para que cambie el escenario).  Laszlo escribió los cuentos que forman este volumen. A veces, es posible que las circunstancias y el escenario cambien un poco a la gente, pero hay que bucear en sus almas para darse cuenta que el fondo humano es el mismo. Compra ahora.   VIDEO

Así, solo los escenarios cambian: Ávila, Budapest, Cannes, Deauville, Ersekujvar, Ginebra, Hamburgo, Ibiza, Jonkoping, Colonia, Londres, Madrid, Nápoles, Otawa, París, Roma, Saint Germain des Près, Toronto, Upsala y Venecia. El mensaje del libro - que tiene el tamaño de una novela- es que las personas, sean quien sean,  vivan donde vivan, son más o menos iguales. Enfatiza que ninguna de ellas es esa excepción forzada e infalible que busca un poco la falsa narración moderna. La gente no cambia, sólo las circunstancia: Solo el Paisaje Cambia. Varias de las historias se pueden leer muy bien como guiones de películas. También, en Inglés este libro forma parte de The Laszlo & Laszlo Chronicles. 

SOLO EL PAISAJE CAMBIA

Andres Laszlo Sr.

1. AVILA

Hermoso y triste cementerio de grandes siglos y enormes piedras.

Desde por la mañana caminaba por la ciudad y admiraba sus antiguas murallas que recogen en una unidad aquella maravilla. Fuera del tiempo y del espacio, épocas pretéritas que daban fe del buen gusto de las proporciones, la casualidad y el hastío infinito.

Acompañábale un antiguo sacristán que le había sido recomendado por el estanquero, quien le dijo que, aunque analfabeto, conocía al dedillo la ciudad, las imágenes, los edificios públicos y privados y los anticuarios que, desde hacía mucho tiempo, no sólo animaban, sino aseguraban su existencia.

—Además, le conviene ganarse unas pesetillas. Cuando su mujer se ahogó en un pozo, perdió el empleo, a causa de los delicados comentarios con que saludaron su desgracia, y desde entonces vive de chapuzas. Lléveselo a almorzar y verá cómo les atienden. Todo el mundo le quiere, aunque le tengan miedo. Sin embargo, no hubo prueba alguna contra él y ni siquiera fue procesado. Llámele don Eusebio, pues, aunque sabe que no le corresponde este tratamiento, le hemos acostumbrado a él.

Así, pues, caminaron y vagaron infatigablemente. La ciudad parecía extenderse más y más ante sus ojos, brindándoles siempre renovadas maravillas e imponiéndoles la sensación de que ser europeo, pertenecer a ese' diminuto grupo de tribus que se odian y exterminan en varias docenas de idiomas, servía, por lo menos, para algo, y si en Dachau se estudiaba la mejor manera de quemar vivos a los judíos y polacos, las campanas de la catedral de Ávila, al reflejarse en las murallas recién restauradas, afirmaban nuestra subordinación a un destino y una espiritualidad común.

Embelesado, contemplaba la capilla de Santa Teresa, preguntándose de dónde provenía aquella belleza, aquella fuerza tras la materia. ¿Acaso bastaba la inspiración para que la sencillez fuese como un arte de máximo refinamiento?

Parecía que su acompañante le comprendía, pues sin decir nada ni manifestar la menor impaciencia, guardaba el silencio insistido por la labor de alguna carcoma.

Un reloj dio las cinco. El tren que debía tomar el visitante salía a las ocho para Salamanca, pero éste tenía la impresión de que aún no había visto nada, absolutamente nada. Le costó salir a la calle. El tardío viento otoñal le dirigió la palabra, preguntándole algo, sin que se le notase la menor curiosidad y, luego, irritado por no haber encontrado ni una mota de polvo en aquella ciudad levantada sobre la roca, desapareció camino de El Escorial.

—Podríamos hacerle una visita a doña Eulalia —aconsejó entonces su acompañante—. Vive cerca de aquí, en la primera calle. La última vez que la vi tenía en su casa un par de tallas interesantes. Pide una fortuna por ellas, pero no se desanime si le agrada la mercancía. Le pedirá un precio disparatado, pues como no entiende gran cosa, se imagina que, si pide mucho, nadie se atreverá a ofrecerle tan poco que no pueda vender. Tiene una «chuleta» que a usted le gustará mucho, seguramente. Aunque algo tardía, debe de ser de finales del dieciséis, o principios del diecisiete; tiene todavía toda la gracia de las postrimerías del gótico —añadió, mientras trepaban por una empinada calleja.

—¿Es cierto que usted no sabe leer?

—¡Y tanto! —contestó, sonriendo, el guía.

—¿Cómo es posible?

—De niño tuve otras cosas que hacer —añadió, deteniéndose en una esquina y señalando hacia un punto del valle, donde la carretera daba una vuelta—. A los doce años trabajé allí, en aquel aserradero.

Bueno, ya hemos llegado —concluyó, llamando a una puerta, con su picaporte de color verde oscuro.

Doña Eulalia era una mujer gorda, de cierta edad. Les recibió sonriente y les hizo pasar al salón. A don Eusebio también le correspondió un jirón de sonrisa, aunque muy leve, y al cual iba prendido un cierto sentimiento de recelo, pero le molestó algo que no le brindara a él, como al otro, un asiento. Por lo tanto, el guía se quedó cerca de la puerta, agarrando con ambas manos su mugriento sombrero y esperando los acontecimientos.

Como no había luz eléctrica en la casa, la dueña avivó en su honor la luz de la gran lámpara de petróleo; luego se recogió unos mechones canosos que asomaban bajo su pañuelo negro, se sentó junto a una mesita de labor e iniciase la conversación.

Zumbando como un zángano, se puso a hablar de su marido, fallecido hacía ya tiempo, pero que seguiría viviendo mientras tuviese aliento su viuda, ya qué no tenían hijos. Así el extranjero supo que el difunto había sido un hombre célebre, conocido en todo el país como el primer anticuario. Montado en su caballo, iba por ciudades y pueblos y cambiaba las antigüedades por artículos de bazar, o las compraba, si se daba el caso.

Un enorme gato negro se desperezó bajo la jaula del canario, alzó los hombros y se fue a la habitación contigua. El monólogo seguía su curso, aunque doña Eulalia hubiese preferido escucharle a él, ya que era extranjero, vivía en una ciudad y sabía seguramente más que ella de las cosas de este mundo, Pero preguntarle cualquier cosa, aunque sólo fuera de dónde venía, era imposible, pues se lo impedía la buena educación. Por otra parte, ya se lo diría él mismo, si eran buenas sus intenciones.

Entretanto, él examinaba la oscura habitación: era el clásico hogar de un anticuario de provincia. La sala estaba abarrotada de tejidos malos o mediocres, de tallas y metales que cubrían las paredes y los muebles, de un abigarrado anacronismo.

«¡Cuánto mal gusto hubo también en los tiempos pasados! Y entonces aún era artista el artesano, no un técnico», pensó.

También dio con la «chuleta»: estaba muy cerca de él, colocada sobre un trapo barroco hecho jirones, La cogió de la pequeña estantería, sabiendo que con ello no interrumpía a la conferenciante. Era una Virgen María rubia, chata, bonita, con un Niño Jesús en un brazo. Tanto su origen como su estado confirmaban las palabras del guía, a quien dirigió una mirada de aprobación, y éste, comprendiendo su pensamiento, acusó recibo con una sonrisa casi imperceptible.

Doña Eulalia estaba ya maldiciendo de la guerra y alegrándose de no tener ningún hijo a quien le pudiesen matar o mutilar. El gato había ya vuelto y miraba rabiosamente al pájaro presidiario que, espantado, se puso a piar. La mujer se levantó y cubrió la jaula con un mantón de Manila, brindando así al extranjero la oportunidad de levantarse también y echar una nueva ojeada hacia las habitaciones contiguas, cuyas puertas estaban abiertas, y, sobre todo, a su reloj. Tampoco vio nada particular en las habitaciones vecinas, Por lo tanto, podía prepararse para entablar la batalla por la figurilla. «Valdrá unas cinco mil en Madrid, y siete en Barcelona, donde conozco a un fabricante de velas, que las colecciona. Volvamos, pues, al asunto», se dijo.

—Diez mil —balbuceó tímidamente doña Eulalia, mirando a la vez al gato, al canario, al extranjero y su guía, la talla y el retrato de su difunto esposo, en su grueso marco negro colgado de la pared.

Estaba él a punto de decirle: «Es lo que vale en Bond Street, si llego hasta allí con ella», cuando, antes de que la primera palabra asomara a sus labios, algo llamó su atención desde las profundidades de la estancia. Era una Madona del gótico primitivo, una joven catalana en rojo y verde, del siglo XII, si no se equivocaba. Volvió la vista, temiendo que si la mujer llegaba a notar su sorpresa, no pudiese adquirirla él ni con la fortuna de los Rothschild.

—Es mucho —dijo gravemente, cogiendo otra vez la talla—. Me la quedaría con gusto si me la vendiera por un precio razonable.

Doña Eulalia volvió a tomar la palabra y empezó a contar que la vida estaba muy cara, que el dinero valía cada día menos, y que podía presentarle pruebas concretas de que la mercancía valía más de lo que ella pedía. Si no la creía, podía preguntárselo a un conocido anticuario que ya le había ofrecido cinco mil, cuando era notorio que todo lo compraba por la cuarta parte de su valor real.

«Por cinco mil podría nevármela con toda facilidad, por cuatro mil tendría que regatear durante una hora, y acaso discutir varios días seguidos para obtenerla por tres mil quinientas», se dijo el comprador.

Pero había que ganar tiempo. Tenía que volver, ver como por casualidad la otra figura y, antes de que se tratara de ella, descubrir hábil y subrepticiamente si había sido restaurada. No podía hacer ninguna oferta, pues si se daba la casualidad de que ella la aceptara, no le quedaría ningún pretexto para volver, y si ofrecía demasiado poco, no le tomaría en serio luego.

—Ya volveré mañana —dijo después de una pausa—. He de verla a la luz del día.

Doña Eulalia aprobó con un ademán y el guía agachó la cabeza, algo triste porque sabía que su amigo tomaría el tren dentro de hora y media. Consideró las palabras del extranjero como mero pretexto, y vio esfumarse su comisión.

El comprador suspiró, contento: no se había notado su interés. ¿Acaso no sabía aquella señora que el sueño más hermoso, casi inalcanzable, de todo verdadero coleccionista era obtener alguna Madona primitiva sin restaurar?

Se despidió rápidamente, prometiendo su visita para el día siguiente hacia el mediodía.

—Ya le dije que pedía mucho —dijo el guía, en cuanto llegaron a la calle—. Si usted hubiese ofrecido la mitad, seguro que se la deja.

—Tengo que volver a verla. Acaso la señora sea más razonable de día.

—Así, pues, ¿no se marcha usted?

—Según parece, no me voy.

El ex sacristán se alegró visiblemente.

Se irían a cenar. El extranjero pediría vino y charlarían. Dos hombres solos podían discutir tranquilamente de la marcha del mundo, y al día siguiente acaso el enjuto montañés pudiese lograr alguna ganancia.

—¿Dónde piensa usted pernoctar?

—En cualquier hotel.

—Le invitaría a mi casa —dijo entonces el guía, con discreción señorial—, pero vivo sin mujer y mi casa parece una cochiquera. Vaya al «Europa»; las camas son buenas y no es muy caro. ¿Lleva equipaje?

—Lo dejé en la estación.

—¿Tiene el volante?

—Sí.

—Déjemelo, que iré por él, mientras usted se acomoda en la habitación.

—Ya irá el mozo.

—¡Qué va a ir! —exclamó él—. Además, le costaría un ojo de la cara,

Y, dejándolo en la Plaza Mayor, delante del hotel, desapareció presuroso camino de la estación.

Anochecía ya. Eran las siete, o sea el momento culminante del paseo vespertino. El extranjero permaneció un rato mirando, casi ciego, a los viandantes que, reunidos en grupos del mismo sexo, caminaban por la conocida plaza y la entrada de las dos calles que partían de ella. Como en el presentimiento de la aventura, tenía la garganta reseca, y no podía dejar de pensar en la estatua. No dudaba de que la compraría, Si le resultaba cara, tendría que venderla; pero si podía conseguirla a buen precio, la conservaría y no tendría que separarse jamás de ella. ¡Aquello era aventura! O, por lo menos, promesa de aventura. Si no se equivocaba, le faltaba pintura en la punta de la nariz, en cuyo caso no había que pensar en que su rostro hubiese sido restaurado, pues, de lo contrario, también habrían corregido este defecto.

«Bueno, ya veremos», se dijo para su capote, intentando evadirse del mundo de las ilusiones. Y entró en el hotel,

Tras un pequeño mostrador estaba sentado un viejo conserje que tenía su gorra en el regazo e iba llenándola con las lentejas que escogía en un plato.

Después de saludarle, preguntó:

—¿Tienen habitaciones?

—Tantas como quiera. No tenemos otra cosa.

—¿Cuál es la mejor?

—Es cuestión de gustos —contestó el viejo, alzando los hombros—. Tome la once; es la más templada.

—Amén. Que sea, pues, la once —contestó el viajero, tendiendo la mano por la llave, y añadió—: Mándeme el equipaje en cuanto llegue.

—Es usted extranjero, ¿verdad?

—Sí.

—En este caso he de rogarle que llene la hoja de ingreso, antes de ocupar el cuarto.

*

Al día siguiente volvieron a casa de la viuda y luego de un breve regateo, el forastero adquirió la talla, la antigua, que tanto le interesaba, y a la cual se refirió circunstancialmente, como por casualidad. La pagó y se la llevó en el acto.

Mientras, en una cristalería, se la embalaban en algodón en rama y paja fina, dispuso de dos horas que dedicó al examen de otras antigüedades, empujado a ello por su acompañante, ya entusiasmado.

No dio con nada interesante, y únicamente recorrió aquellas casas cubiertas de pátina. Su última visita le llevó a una casucha destartalada donde fue recibido por una anciana que se esforzó de manera conmovedora en venderle algo, cualquiera de las fruslerías que había en su domicilio. No se veía allí nada valioso, ni siquiera interesante, pero las palabras de la mujer revelaban tantas privaciones, que el visitante acabó por preguntar el precio de un deteriorado abanico de concha.

—Deme por él lo que usted quiera, porque, de todos modos, ya no puedo emplearlo —contestó, dichosa, la anciana, saltando sobre la ocasión.

Cuando el extranjero le hubo indicado atentamente que su proceder era contrario a la ética comercial, ella, temiendo perder el negocio, dijo, modestamente, un precio, muy por debajo de su verdadero valor. El forastero sonrió y, tal vez para calmar los remordimientos de la operación anterior, ofreció más de lo que la anciana pedía; por lo menos cuatro o cinco veces más, lo que tampoco sería de mucho provecho para la pobre dama.

La reacción fue sorprendente. Ella lo miró a los ojos, estupefacta, luego al guía, y su mirada se tornó rápidamente desconfiada.

—Siento mucho, pero mucho, que no esté aquí mi nieto —dijo después de pensarlo a fondo—. Cómo usted verá, yo ya soy vieja, estoy imposibilitada, y será mejor que le consulte. Vuelva usted mañana, que entonces ya conoceré su verdadero valor —añadió finalmente, aliviada.

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