PACO EL SEGURO

Paco el Seguro se encuentra en el Madrid de principios de 1940 - un lugar que Laszlo retrata muy bien -. En este escenario nos encontramos a Paco García, que se gana la vida embarazando a jóvenes de pueblo, niñas que han ido a Madrid con el fin de ganarse la vida como nodrizas. Esta era una profesión real y el "fecundador" con mayor probabilidad de éxito se convertía en el de más alta demanda. Compra ahoraVIDEO

Paco se ve a sí mismo como un hombre serio y profesional, resuelto a justificar los ingresos que gana de su trabajo. Pero, Paco falla una vez - al conceder a su esposa su mayor deseo, quedar embarazada - y ésta, por supuesto, es su preocupación principal. Por lo que cuando su esposa, de repente e inesperadamente queda embarazada, el mundo de Paco se enmaraña. "¿Seré realmente el padre de ese bebé?"

 

 

PACO EL SEGURO

Andrés Laszlo Sr.

Primera Parte

Francisco García - Francisco León García Linares, para ser más exactos - era un ciudadano honesto que tenía fe y confianza en Dios. Posiblemente esto explique el brusco remordimiento que se apoderó de él en el instante de meterse en el bolsillo el revólver que acababa de adquirir. El frío metal perforó inmediatamente el forro ya gastado, deformó la línea de su pantalón y entorpeció su andar golpeándole el muslo cada dos zancadas.

Francisco moderó todavía más su prudente paso. Inmediatamente experimentó un alivio físico del que se aprovechó para examinar con mayor detención los íntimos problemas que se le planteaban.

La verdad es que ya se arrepentía un poco de haberse comprado el arma. Tenía la impresión de que el hinchado bolsillo atraía las miradas de cada transeúnte. Al volver la esquina de la calle se detuvo, vacilante, ante una taberna que conocía. Desde el interior llegó hasta él el ronroneo de un aparato de radio que transmitía las noticias del día. Poseído por una súbita inspiración, entró, pidió un vaso de vino al pasar ante el mostrador y se dirigió hacia los lavabos, al final del pasillo.

*

Allí sacó el revólver y se creyó en la obligación de examinar su funcionamiento, precaución que descuidó en el momento de efectuar la compra. Ni que decir tiene que ésta tuvo por escenario el Mercado de las Pulgas y se había efectuado en plena calle, en medio de una multitud de curiosos y compradores.

Aparte de la vieja escopeta de dos cañones que él había manejado treinta años antes, Francisco García no tuvo jamás un arma en su poder. De ahí su torpeza al extraer del revólver la carga de balas. A través del agujero del tambor, apuntó a la bombilla cuajada de cagadas de mosca que colgaba sobre el lavabo y no se arriesgó a manipular el gatillo del viejo ingenio de origen alemán hasta que se hubo asegurado de que no contenía ningún proyectil.

Repitió la maniobra varias veces, tosiendo ruidosamente para sofocar el chasquido del gatillo en el caso de que el chirrido de la radio no fuera suficiente. Después envolvió el revólver en su pañuelo, se metió el paquete en el bolsillo y volvió al mostrador a tomarse su vino tinto.

Hallábase agitado por encontrados sentimientos. Su amor propio estaba satisfecho: el extraño joven que le había vendido el arma no le había dado el pego, puesto que aquélla funcionaba perfectamente. Por ochenta pesetas tenía en sus manos la vida y la muerte de seis hombres, exactamente el número de balas que había en el tambor. No había duda de que experimentaba una cierta impresión de poderío. Pero el poderío impone siempre determinadas responsabilidades.

Su ánimo, como hemos dicho, estaba poseído por una contradicción cuyo segundo elemento no era tanto un sentimiento preciso como una vaga sensación que participaba del remordimiento que Francisco García comenzaba a experimentar.

—No matarás a nadie, es un mandamiento —repetía con desinterés.

Luego pagó y tomó el camino de su casa para ir a almorzar.

*

El sol caía a plomo y no dejaba subsistir más que raras y reducidas sombras. Avanzando por el asfalto reblandecido por el calor y casi fundido a veces, Francisco García tenía un gran cuidado en que no se le enviscaran sus gastadas suelas. Como todo madrileño que se respetaba llevaba un traje negro, la corbata negra de rigor, una camisa blanca de cuello y puños almidonados, más o menos el uniforme del pequeño burgués consciente y organizado con quien sería andar a grillos tratar de explicarle los inconvenientes de tal atuendo en semejante canícula.

En el escaparate de una agencia vio un cartel anunciando una corrida de toros para el próximo domingo. Su mirada se fijó en los nombres de los tres espadas, toreros de segunda fila, y se le revolvió la sangre.

—¡Tres majaderos en la primera plaza de España, y en plena temporada, por si fuera poco!

—No hay derecho — se indignó, a su lado, un caballero de cierta edad qué había recogido a su nieto del colegio.

Desabrido, Francisco García prosiguió su camino.

«¡Si al menos supiera por qué he comprado el revólver!», refunfuñó en la escalera, subiendo los escalones con una calculada tiesura por temor de estropear el cuello de su camisa con un movimiento destemplado.

A decir verdad, le hubiese costado encontrar una razón válida. No sabía que tuviese enemigos por el momento y, según le parecía, no los había tenido jamás. Sin fortuna, no estaba en situación de ser envidiado. Nunca había hecho daño a nadie, ni bien tampoco, porque comprendió a tiempo las lamentables consecuencias que podría acarrear semejante iniciativa en su soleada España. Jamás había hecho política, ni siquiera durante la Guerra Civil que logró trastear sin vestir el uniforme, aunque vivió todo el tiempo en Madrid. Como la mayor parte de sus compatriotas, comenzó por tener una debilidad por los alemanes. Pero en mayo de 1935, en la terraza de un café, el empleado de una agencia de viajes alemana, le hizo saber que todos los habitantes de la provincia de Toledo eran considerados como sospechosos por el nacionalsocialismo, habida cuenta de sus orígenes dudosos, es decir, semitas. Francisco creyó al principio que su joven interlocutor estaba bromeando, pero cuál no sería su asombro cuando se enteró de que su apellido Linares era indiscutiblemente sefardita, y que sería considerado por lo menos como medio judío, con respecto a las leyes definidoras de arios y judíos.

Esta revelación puso fin a sus sentimientos germanófilos, después de lo cual, casi sin transición, sus simpatías se dirigieron a los Defensores de los Derechos del Hombre. Sin duda por este motivo permaneció en la capital, desde que estalló la revolución. Pero las primeras quemas de iglesias y conventos lo curaron definitivamente de toda preocupación política o, más exactamente, lo inmunizaron para el resto de sus días. No es que se sintiera atraído por los sacerdotes. Al contrario, le inspiraban cierta aversión.

Pero amaba las iglesias.

A fines del año 1938, cuando ya no había prácticamente jóvenes en estado de empuñar las armas, porque todos figuraban bajo las banderas de uno u otro lado, fue incorporado al Ejército a pesar de sus maniobras dilatorias y de que no se encontrase ya en su primera juventud. Apenas vistió el uniforme consiguió obtener una audiencia de su coronel. A falta de mejor argumento, se vio forzado a confesar a su superior lo que hacía. El coronel se echó a reír, lo invitó a comer y al día siguiente lo devolvió a la vida civil. Al honorable militar no le hacía gracia que el nombre de su regimiento se asociara al del extraño recluta.

Porque Francisco García era famoso desde hacía muchos años. Se había convertido en un personaje legendario al que las coplas ponían en la picota y a cuya costa circulaban innumerables historias dichas al oído por toda España, entre jóvenes y viejos, en los pueblos y las ciudades. Todos le llamaban familiarmente Paco.

Paco el Seguro.